Vivir más años, decidir más veces: la longevidad como nuevo horizonte financiero
Durante buena parte del siglo XX, la vida se organizaba en tres etapas bien definidas: formación y estudios, trabajo y jubilación. Se estudiaba hasta los veintitantos en el mejor de los casos (quienes accedían a formación universitaria), se trabajaba durante tres o cuatro décadas y, después, venían unos años de retiro que, en muchos casos, no llegaban a dos décadas. Ese esquema de vida en tres etapas ha cambiado y está desapareciendo.
Hoy, gracias a los avances en salud, alimentación, educación y condiciones de vida, vivir 90 o incluso 100 años dejará de ser una excepción para convertirse en algo habitual.
Esta buena noticia (vivir más) trae consigo una consecuencia inevitable: una vida más larga tendrá más etapas y más decisiones financieras. Y no siempre estaremos preparados para tomarlas.
Una vida con más etapas y más decisiones
Pensemos en el recorrido vital de una persona que hoy tiene 30 años. Es probable que durante las próximas décadas afronte uno o varios periodos formativos profundos adicionales y quizás parones (sin ingresos) para reciclarse profesionalmente, la compra o el alquiler de una vivienda, la creación de una familia o bien de varias familias en caso de divorcio y volver a tener pareja, posibles cambios de carrera, la necesidad de cuidar a sus mayores e, incluso, de recibir cuidados en algún momento. Cada una de esas etapas implica decisiones económicas relevantes: cuánto ahorrar, cómo invertir, cuándo endeudarse y cuándo no, cómo proteger a los nuestros.
La educación financiera no elimina la incertidumbre, pero nos ayuda a prepararnos para esas decisiones con más criterio y menos improvisación. No se trata de preverlo todo, sino de contar con herramientas para adaptarnos a lo que vaya llegando.
La jubilación ya no es el final del horizonte financiero
Uno de los mayores cambios que trae la longevidad es la forma en que entendemos la jubilación. Si una persona se jubila a los 65 años y vive hasta los 95, tendrá tres décadas de vida sin salario. Casi tanto tiempo como una carrera profesional completa.
La jubilación ya no puede verse como el final del horizonte financiero, sino como una etapa más (y potencialmente muy larga) que también hay que gestionar. No basta con acumular ahorro durante la vida activa, también hay que aprender a gestionarlo e invertirlo durante la jubilación.
En cuanto a los ingresos durante la jubilación, las siguientes preguntas, que antes apenas se planteaban, serán cada vez más frecuentes:
- ¿Cuánto puedo gastar cada año sin quedarme sin recursos?
- ¿Cómo protejo mi poder de compra frente a la inflación?
- ¿Qué pasa si vivo más de lo que había previsto?
- ¿Y si necesito cuidados?
La previsión social complementaria (los planes de pensiones y otros productos de ahorro complementario a largo plazo) juega aquí un papel esencial para generar ingresos complementarios a la pensión pública, pero requiere también de conocimientos para utilizarla bien.
La longevidad cambia nuestra relación con el dinero
Tradicionalmente, se pensaba en el dinero en términos de momentos concretos: ahorrar para comprar un coche, para la entrada de una casa, para la boda de un hijo, para un curso de formación, para la jubilación. Es un enfoque útil, pero limitado cuando la vida se alarga.
La longevidad nos invita a pensar menos en momentos concretos y más en cómo gestionar nuestros recursos a lo largo de toda la vida. Se trata de un cambio de mentalidad profundo. Ya no basta con "guardar para cuando llegue el momento", sino que necesitamos diseñar una estrategia financiera de largo recorrido, que contemple etapas distintas, objetivos cambiantes y horizontes temporales diversos.
Esto implica, por ejemplo, diversificar entre ahorro a corto plazo (en productos conservadores y poco volátiles), inversión a medio plazo (aprovechando un mayor horizonte temporal para asumir más riesgo) y previsión a largo plazo. Implica también entender que el dinero no es solo un fin en sí mismo, sino un medio para sostener nuestro proyecto de vida sea cual sea su duración.
Prepararse para lo inesperado también es educación financiera
Vivir más años también significa estar más expuestos a lo inesperado. Un despido, un cambio en el mercado laboral, una enfermedad, una crisis económica, un divorcio, la necesidad de cuidar a un familiar son situaciones que pueden alterar por completo nuestros planes financieros.
Por eso, prepararse para lo inesperado también es educación financiera. Una vida más larga aumenta la importancia de contar con capacidad para adaptarnos a cambios personales y profesionales. Esto pasa por tener un fondo de emergencias e imprevistos (dotado al menos con 4 a 6 meses de salario), por no endeudarse por encima de nuestras posibilidades, por diversificar y por revisar periódicamente nuestra estrategia financiera y de inversión.
La resiliencia financiera (la capacidad de resistir y recuperarse de los golpes) no se improvisa, se construye con hábitos, con conocimientos y con previsión.
La longevidad como oportunidad
Sería fácil ver la longevidad como un problema: más años, más gastos, más incertidumbre. Pero también es una oportunidad extraordinaria. Significa más tiempo para aprender, para trabajar en lo que nos gusta, para reinventarnos, para disfrutar de la familia y de los proyectos personales. En definitiva, más vida.
Para aprovechar esa longevidad, necesitamos algo más que dinero y salud. Necesitamos educación financiera. Necesitamos entender que una vida más larga tendrá más etapas y más decisiones, que la jubilación ya no es el final del horizonte financiero, que la longevidad cambia nuestra relación con el dinero y que prepararse para lo inesperado es parte esencial de la previsión.
No se trata solo de vivir más años y de vivirlos con calidad de vida, sino de vivirlos con seguridad, autonomía y libertad.
El 5 de octubre se celebra el día de la educación financiera. Este año el Día está tiene el lema “Ahorra. Invierte. Avanza”, y está enfocado en el ahorro para imprevistos, la inversión a largo plazo y el progreso en metas financieras personales o profesionales.
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